Olgierd Snorrison, Barón de Everec ha vuelto otra vez para morir otra vez y volver a volver otra vez

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Olgierd Snorrison, Barón de Everec ha vuelto otra vez para morir otra vez y volver a volver otra vez

Mensaje por Invitado el Miér Dic 07, 2016 9:36 pm

Olgierd
Salud: 40/40
Maná: 15/15
Daño (DMG): 16
Defensa (DEF): 2
Resistencia (RES): 0
Precisión (PRE): 17
Evasión (EVA): 6
Iniciativa(INI): 1
Tres acciones

Fuerza (FUE): 1+1

Agilidad (AGI): 1

Destreza (DES): 1+10

Constitución (CON): 1+1+3

Intelecto (INT): 1

Carisma (CAR): 1

Equipo:
Armadura de cuero: +2
Sable de hierro grabado: 12 DMG. 60 sueldos. 1 mano
Daga: 6 DMG. 5 Manos y media.
2 Bombas cegadoras: 5 DMG, ignora armadura. Arrojadiza, evita que el objetivo realice hasta un máximo de dos acciones. Compuesta por harina, astillas de madera y esquirlas de cristal.

Paso del barón sanguinario:
El barón de Everec puede usar las oscuras enseñanzas del Dios sin nombre para evitar cualquier ataque físico, realizar un contraataque y recuperar parte de su vitalidad perdida. Cuando reciba un ataque físico, Olgierd puede realizar una tirada de destreza. Si es un éxito, Olgierd ignora todo el daño recibido y recupera 5 de vida. Si falla la tirada, pierde 5 de vida extra. Esta probabilidad aumenta con una relación 1:2.
A cambio, Olgierd solo puede hacer una acción ofensiva por objetivo.
Estado actual: 10+

Runa de la Matanza Perpetua
Olgierd y su corazón de piedra están malditos. Como heraldo de la matanza perpetua, al morir Olgierd despertará de nuevo en el templo del dios sin nombre después de ser torturado por su fracaso. Al revivir el personaje apenas recordará los hechos previos a su muerte.
Muertes : 1

Corazón de piedra.
El corazón de Olgierd es de piedra, y por tanto su existencia obedece al dios sin nombre. No puede recibir sanación alguna de fuentes externas a si mismo. De la misma forma, su corazón le hace apenas tener sentimientos, ni gozos ni sufrimientos. Su cuerpo es capaz de curarse a un ritmo mayor que el humano, y recuperará más vida al dormir, o si pasa el tiempo suficiente entre combates.



Olgierd de Everec es un alma voraz, ansiosa, en busca de emociones fuertes. Sin embargo ninguna de sus ambiciones le proporcionan satisfacción alguna. Hijo mayor del Jarl, toda su vida se enfoca a la batalla y al placer. Maestro duelista y usuario de cimitarra.
Desde pequeño su actitud fue clara: Ambición absoluta, no importa que medios. Su educación se basó en lo militar, dejando de lado cualquier enseñanza moral o ética, sin olvidarse de la poca ciencia y religión que su padre sabía. Destacó entre las filas de su padre, ascendió a pasos agigantados. Nunca dudó en ejecutar a nadie, nunca rebajó una pena, siempre la capital. Nunca dudó de abusar de su fuerza y posición para someter a los demás. Llegó a ser uno de los duelistas más renombrados del reino. Todas sus victorias en duelos fueron mortales, nunca perdonó la vida a sus adversarios. Fue acogido por los sacerdotes del Dios sin nombre, patrón del asesinato y la matanza.
Lo que le quedaba restante de humanidad lo perdió allí. De su patrón aprendió a hacer venenos, bombas explosivas, trampas, etc. Dentro del culto pudo dar rienda suelta a su ansia de sangre, matando a todos aquellos que se consideraban indignos de la vida a docenas, disfrutando al cortar todos y cada uno de los miembros de sus enemigos, rompiendo su cuerpo y mente por igual, solo para regocijarse del sufrimiento ajeno. No mucho después los sacerdotes llegaron a la conclusión de que él, y no otro era digno de ser el heraldo del dios sin nombre. Tal y como se realizaba cada tres siglos, fue llevado en ayunas a la capilla, atado con cadenas, y se cerraron las puertas.
Se hizo una oscuridad  absoluta. El silencio imperturbable lo inundó todo, nada se atrevía a perturbarlo. Entonces pudo sentir su presencia sobre él, como una sombra roja sin cuerpo le miraba. Pudo sentir como cada fibra de su ser era descompuesta analizada, medida y comparada, moldeada como herramienta perfecta y única en su tarea. Pudo sentir como sobre su espalda se dibujaban unas líneas, como su vida dejaba de depender de él, como su voluntad y ambición era todo lo que quedaban dentro. Pudo sentir como su propia cimitarra, y a la vez una completamente distinta. Todo giró en un segundo y se halló en el altar. La cimitarra sobresalía ahora de su pecho. Descubrió con cierta incredulidad que apenas sentía dolor, y mucho menos pánico. Se la sacó, y pudo ver como en lugar de sangre, caían diminutos trozos de granito. Cuando hubo acabado, sintió como ya no se pertenecía. Mantenía su libre albedrío, pero solo si le obedecía a Él. Solo era una herramienta, una de juguete en manos de un poder cuyas limitaciones eran incomprensibles para él.
Al principio le pareció divertido. Abusó todo lo que pudo de su poder. Mató sin miedo a la muerte, profanó todos los lugares que pudo, sin miedo a ninguna repercusión, pero pronto todo le supo a poco. No había meta alguna, nada emocionante que su corazón de piedra pudiera disfrutar.
Recurrió a su ambición desenfrenada, y una noche se presentó rodeado de bandidos en la cada comunal de su padre. Su hermano mediano estaba exiliado por alguna estúpida disputa política, y su hermano pequeño se hallaba estudiando con los magos del sur. Y tal y como dictaba su filosofía, el joven sucedía al viejo; el fuerte, al débil.
Entró en la casa y desafió a su padre a un duelo. Nadie parecía sorprendido. Su padre se incorporó del trono del salón, dio un último trago al su cuerno, y lo arrojó a una esquina. Desenfundó su espada, engalardonada con bellas pero fútiles joyas, y antes de siquiera dar la primera estocada, su mano izquierda voló hasta acabar encima de una de las mesas. Olgierd se mostró confiado, sin miedo, con una guardia alta, extremadamente ofensiva. Su padre adoptó una posición defensiva, intentando mantener el control. El combate duró unos minutos. En todo momento fue obvio que Olgierd jugaba con su padre como lo hace un lobo con un pequeño gamo herido. Todos los ataques de este eran fácilmente evadidos, y respondidos con un golpe con el plano de la espada, como cuando un adulto enseña al niño a usarla en duelos de práctica. Era obvio que si no lograba acertar un golpe mortal, iba a sucumbir a su herida de la mano, que no dejó de sangrar. Se la jugó todo a un ataque. Sin dudarlo, o quizás, sin pensarlo, se lanzó hacia delante, directo al corazón de su antaño mimado hijo. La espada se hundió, pero no halló carne, sino una niebla negra, con una única mota roja donde debería estar el corazón de Olgierd, que con una velocidad vertiginosa, le bordeó. La cimitarra penetró por la parte posterior del cráneo, y separó la parte superior de la inferior cortando el maxilar izquierdo. La parte superior de la cabeza de su padre, colgando solo de la mejilla derecha, sufrió un pequeño espasmo antes de caer por la propia inercia del golpe. Nunca se ha vuelto a sentir tan vivo. En esos momentos, todos los soldados del salón se lanzaron sobre él, por haber pervertido lo que un duelo de honor debería haber sido, con la magia de negra y sangrienta del dios sin nombre. No sintió dolor ni placer alguno en la masacre consiguiente, pues su corazón era de piedra.
Sintió como primero el rojo y luego lo negro le inundaba, le consumía y engullía, y se sintió escupir sobre una mesa de fría piedra. Pudo percibir su roja sonrisa sin verla, como unas manos negras e inhumanas le cosían, remendaban; y como una madre que invita hijo a salir a jugar, le dieron un empujoncito. Se despertó en el templo. Llevaba una túnica de rica seda, en su cinturón, su cimitarra, y su daga en las costuras de la túnica.
Se encontraba tal y como había salido la primera vez del ritual. Y entonces marchó de nuevo a la casa de su familia, no como quien marcha en busca de venganza, si no como quien busca acabar una tarea inacabada.
Como una sombra negra, encarnación de la misma violencia eterna, trazó estocadas, pintó con sangre, tejió su destino. Nadie sobrevivió a su visita. El ahora solitario Barón de Everec se bañó en la sangre de sus enemigos, y se sentó en trono de sus restos.
Sin embargo, supo que aún quedaban dos, dos que no se habían rendido a su grandeza, que no habían presenciado la gloria de la sangre, dos que debían morir. Y sin reparos, andando hacia donde, no su instinto, ahora tan muerto como su familia, el guiaba, si no hacia donde lo hacía su dios.

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